
Un ebanista del Gótico de los años 40, que contaba con varias tiendas en Barcelona y un taller donde desarrollaba encargos a medida para una clientela muy selecta de Barcelona.
Sus expertas manos tallando alguna pieza de madera, con el suelo lleno de serrín y las mesas llenas de herramientas, de bocetos y de piezas esperando ser descubiertas.
De pequeña pasaba horas en el estudio de mi madre, donde siempre había pedazos de tejidos que combinar, catálogos de muebles y revistas para mirar, muestras de colores y láminas para pegar.
Dibujar, combinar jugar y soñar con espacios que transmitan sensaciones siempre ha estado al alcance mi mano.
Me encantaba pintar las paredes de las casas de muñecas y re estilizar los interiores.
Siempre he querido saber el porqué de las cosas.
Cómo se realizan y cómo podemos optimizar los procesos.
Supongo que este deseo, junto con mi pasión por los barcos, me llevó a estudiar Ingeniería Naval, con el objetivo de poder trasladar la tecnología al interiorismo naval.
Empecé a colaborar en el estudio de mi madre, con el objetivo de dotar a los interiores el confort y la esencia de un hogar.
Las instalaciones, la optimización de los espacios, los materiales…
Cuando me incorporé al estudio, después de trabajar en un astillero de yates de lujo y participar en varios proyectos de yates, me fascinó el espíritu creativo y la obsesión por realizar proyectos únicos y personalizados.
Poder unir el pragmatismo, los conocimientos técnicos y mi capacidad de resolución de problemas a la creatividad y a la facultad de transmitir emociones y sensaciones mediante los espacios fue lo que me enamoró de este mundo.
Un mundo donde nada está escrito y nada se repite, porque todo depende siempre del cliente, que es único, y el proyecto que estás haciendo realidad para él.
Aquí es donde he descubierto que, incluso en el mundo del arte y la creatividad, el riguroso proceso de ejecución mezclado con el talento y con la sensibilidad son los que marcan la diferencia para llegar al éxito del proyecto.